Celos, malditos celos…

elespectador.com – Casi todos los hemos sentido, y en muchas ocasiones son naturales.-

Pero hay que prestarles atención cuando se vuelven enfermizos y empiezan a destrozar la vida de alguien.

El dramaturgo William Shakespeare llamaba a los celos ‘el monstruo de los ojos verdes’, quizá porque es una emoción perturbadora que te transforma y saca lo peor de ti, o porque en la mayoría de las ocasiones te hace ver cosas que no son reales.

Casi todos hemos sentido celos: esa punzada en el pecho, la ansiedad que carcome, pensamientos que dan vueltas y vueltas, y, sobre todo, el miedo a perder al ser amado.- 

Este sentimiento, que ha sido el protagonista de libros, obras de teatro e infinidad de canciones, hace parte del instinto de supervivencia y es una reacción de nuestra esencia más primitiva. Intentamos conservar aquello que vemos como propio.   Tanto los humanos como otras especies animales los manifestamos, así que se podría decir que es natural, pero es bueno aclarar que hay celos de celos.

Están los normales y los enfermizos, que tienen la capacidad de minar una relación, desencadenar comportamientos obsesivos y hasta llevar a la muerte: piensen en las historias detrás de decenas de feminicidios y crímenes pasionales.

En nuestra cultura ‘latinoardiente’, el amor es sinónimo de posesión, así que celar a la pareja es una forma (bastante tóxica) de manifestar que es nuestra y que nos importa mucho.

Recuerdo una celebración con la gente de la oficina en la que uno de mis compañeros me preguntó si mi pareja me había dado permiso para salir de noche. Yo hice cara de “¡¿Qué?!” Y le dije: “Yo no tengo que pedirle permiso a nadie”. Entonces, varios de los hombres y mujeres allí presentes confesaron que mintieron en sus casas para poder salir, ya que sus parejas eran muy celosas.

Muchas relaciones alimentan este sentimiento nocivo, en vez de enfocar sus energías en cultivar la confianza y dedicar tiempo para fortalecer la comunicación, lo cual facilitaría un diálogo maduro sobre los acuerdos de fidelidad que quisieran tener y respetar. Así se ahorrarían muchos malentendidos y desgaste emocional.

Más allá de las dinámicas de pareja, hay quienes viven en un estado permanente de obsesión y paranoia. Padecen un trastorno llamado celotipia, que los lleva a imaginar toda clase de situaciones, a invertir demasiado tiempo en vigilar al ser amado y a oler su ropa, revisar su celular y ‘stalkear’ sus redes.

Esta enfermedad hace que aquellos que la sufren le prohíban a su pareja andar con cierta gente o ponerse ropa sexy. Intentan aislarla del resto del mundo y le envían mensajes repetitivos para saber en dónde está y con quién. 

Las personas que expresan celos malsanos piensan que la sensación se calmará cuando su pareja se comporte tal y como ellas quieren, no comprenden que algo anda mal y necesitan ayuda profesional. Su cerebro se mantiene en un estado de alerta permanente, así que cualquier situación tiene el potencial de convertirse en una supuesta infidelidad.  

Los celos enfermizos tienen muchos orígenes: una baja autoestima, las situaciones que se pudieron vivir en la infancia, la idealización de la pareja, un trastorno obsesivo compulsivo, la educación sentimental basada en el apego, el machismo, las infidelidades del pasado…

Es diferente experimentarlos esporádicamente a tener el hábito de fiscalizar a tu pareja. Pero independientemente de cuál sea tu caso, ten presente que una relación afectiva consiste en acumular buenos momentos, no en ser dueño de una persona o depender de ella. 

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